Obviando el aspecto ético que pone de manifiesto el despropósito que supone la existencia de una población vulnerable que demanda ayuda alimentaria frente al despilfarro de cantidades ingentes de alimentos, desde el punto de vista del cuidado del planeta la lucha contra el despilfarro es un reto y una oportunidad que no debería ser ignorada, si aspiramos a construir un mundo más sostenible y una sociedad más próspera y solidaria.

La Comisión Europea estima que cada año se desaprovechan en el mundo más de 1.300 millones de toneladas de alimentos, es decir, 1/3 de lo que se produce. Europa es el segundo territorio con mayores pérdidas de alimentos a escala mundial, después de Norteamérica y Oceanía, con una media de entre 95 y 115 kilos de comida por persona y año.

Además del impacto social y económico del despilfarro alimentario, estimado por la FAO en 936 millones de dólares anuales, este tiene importantes repercusiones negativas sobre el medio ambiente, ya que contribuye a aumentar en gran medida las emisiones de gases de efecto invernadero, la huella hídrica y las pérdidas u ocupación del suelo, factores todos ellos que ayudan a incrementar el problema del cambio climático.

Por hacernos una idea, escala planetaria, si el desperdicio alimentario fuese un país, ocuparía el primer lugar según la huella hídrica, el segundo en ocupación de tierras, y el tercer lugar considerando las emisiones de gases de efecto invernadero.

¿POR QUE SE PRODUCE?

En primer lugar habría que entender que el desperdicio alimentario como el conjunto de productos alimenticios descartados de la cadena agroalimentaria por razones económicas, estéticas o por la proximidad de la fecha de caducidad, pero que siguen siendo perfectamente comestibles y adecuados para el consumo humano y que, a falta de posibles usos alternativos, terminan eliminados como residuos.

Las causas del despilfarro alimentario difieren según se trate de países desarrollados o en vía de desarrollo. En relación con los primeros, las causas del desperdicio de alimentos son muy variadas, y en el mismo se ven envueltos todos los eslabones de la cadena alimentaria. Entre ellas cabe mencionar una bajada importante de los precios de venta, el cumplimiento de una normativa estricta que hace referencia al aspecto físico de los alimentos, el mal etiquetado, el mal empaquetado o envasado, o una mala planificación por parte de los consumidores.

Por contra, el despilfarro generado en los países en vías de desarrollo es muy diferente, y vinculado a la escasez de medios de todo tipo (transporte, refrigeración, tratamiento de los alimentos…). No obstante, además de las pérdidas relacionadas con el funcionamiento de las cadenas, hay que tener en cuenta las que se ocasionan por catástrofes naturales o fenómenos adversos.

¿QUÉ SE HACE/HACEMOS PARA PALIARLO?

En la actualidad, en nuestro país parece que de momento hay poca concienciación ciudadana y escasa voluntad política por articular instrumentos que ayuden a mejorar la situación. El problema tampoco se percibe como grave ni a nivel empresarial ni en el plano institucional. Aún así, cada vez más asociaciones y movimientos de personas voluntarias y solidarias se hacen eco del mismo.

En concreto, en Andalucía se están llevando a cabo algunas iniciativas, a escalas regional y local, para ayudar a los ciudadanos a adoptar buenos hábitos de consumo responsable. Entre ellas cabe destacar la agricultura ecológica, las cooperativas de consumo, el consumo colaborativo, el comercio justo, la inversión cívica y compra pública ética, y el software libre.

ALGUNOS DATOS PARA LA REFLEXIÓN…

  • Se convierten en residuos entre un 30% y un 50% de los alimentos sanos y comestibles que podrían ser aprovechables, a lo largo de todos los eslabones de la cadena agroalimentaria hasta llegar al consumidor. Además, el grado de despilfarro varía de unos alimentos a otros (cereales, frutas, carne o tubérculos), según se aprecia en el gráfico adjunto.                          Fuente: Food Wastage Footprint. Impact on natural resources, FAO, 2013
  • España es el séptimo país que más comida desperdicia (7,7 millones de toneladas anuales), tras Reino Unido (14,4), Alemania (10,3), Holanda (9,4), Francia (9), Polonia (8,9) e Italia (8,8).
  • Hacer varias compras semanales, comprar productos nuevos para ir probando, ir en coche a la compra y tratar de ir lo más rápido posible mientras se compra, son los cuatro hábitos de compra que propician el desperdicio alimentario, ya que son hábitos que favorecen comprar más de lo necesario. Por el contrario, los entrevistados consideran que una única compra bien planificada y sin prisas lo reduce significativamente… es el resultado de una encuesta del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente (MAPAMA).
  • En esa misma encuesta, los ciudadanos consideran que el desperdicio debe atajarse también desde las empresas. De esta forma, un 94,5% cree que los supermercados deberían donar a los bancos de alimentos los productos a punto de caducar que saben que no venderán.

Más información en el IMA 2016, capítulo 1.5 “Economía circular: algo más que residuos”